Por Leoncio Pablo Landáez*
Me permito un poco de
egoísmo, al utilizar el espacio que mis lectores usan para sus actualizaciones
legales, para plasmar estas líneas estrictamente personales en atención al
fallecimiento de mi padre el pasado 30 de noviembre; no obstante, de estas
mismas líneas podrán encontrar la génesis de lo que soy y escribo con
regularidad para Ustedes.
El Gran Toro Sentado,
como mis mas allegados amigos llamaban a mi padre cariñosamente, es en
definitiva, el espejo en el que siempre me he visto.
A los 6 años me explica
lo normal que sería que una mujer pueda ganarle unas elecciones a un hombre; el
respeto a la mujer y lo pequeño que podemos ser sin ellas, fue su primera
enseñanza. A los 7, me enseñaba con paciencia las reglas del beisbol; no sin
darme la analogía del panem et circenses
romano.
Empecé a entender el
negocio petrolero cuando a los 8 años me explicó por qué en nuestro país se
pavimentaba con asfalto en vez de losa. A la misma edad, procuró una clase de
derecho sucesoral y tributario cuando me contó que al morir mi abuelo, renunció
a la herencia, ya que había dejado más pasivos que activos.
Me tomó de la mano y me
llevó a recorrer el mundo. Con detenimiento me explicó sobre el Giraldillo en
Sevilla, la Mona Lisa en el Louvre y el Canal de La Mancha. Con ejemplos de
“ingresos per capita” a razón del turismo, me hizo entender por qué la Corona
Britanica aún existe. Nunca olvidaré como se le iluminaba la cara al atravesar
la Bahía de Biscayne.
Como buen amante de la
historia de guerra no dudaba en explicarme como empezó, se desenvolvió y
terminó la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial y los intereses políticos y
económicos de los países aliados y del eje. Su profunda sensibilidad humana
hacía que se le “aguara el guarapo” con cada historia del holocausto.
La izquierda y la
derecha en la política, el papel de la Iglesia, la importancia de los recursos
naturales renovables y no renovables eran siempre conversación obligada cuando
me llevaba temprano al colegio. Nunca olvidaré el esfuerzo que realizó para explicarme
a los 13 años, por qué Caldera se había separado de Copei para crear
Convergencia.
Siempre se ha dicho que
si quieres que tu hijo siga tu profesión u oficio, nunca hables de lo mal que
te fue en el trabajo. En mi casa se respiraba Derecho y Academia con gran
armonía. Sus cuatro hijos le salieron abogados y amantes de la Universitas Carabobensis, a quién le
entregó más de la mitad de su vida, ya que debiéndose jubilar en el 89, lo hizo
en el 92; y aún así, se mantuvo activo y ad
honorem por veintiún años más, hasta el día de su muerte.
Verlo en las noches
sentado en su estudio, con paredes forradas de libros, escribiendo o
practicando sus discursos, me hace recordar que con su típica sonrisa de medio
lado, detenía todo lo que hacía para ayudarme con una asignación escolar. La
satisfacción de ver siempre alguno de sus libros en cualquier biblioteca a la
que vaya, me sigue haciendo entender que aun está entre nosotros.
Comparto con Ustedes
las últimas palabras que le dije al oído la noche antes de su partida: “Hoy día
hay un gran debate gerencial, entre ser feliz y exitoso. Ya que generalmente
los que llegan a ser felices, no son exitosos; y los que llegan a ser exitosos,
no son felices. Tú viejo, siempre has sido feliz y exitoso”.
Te llevaré siempre como
tu eterna columna sabatina de El Carabobeño: Ab Imo Pectore (Dentro de mi Corazón).
*Socio de Landáez & Arcaya. Abogados-Consultores
Profesor de la Universidad de Carabobo
leoncio.landaez@landaez.com
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